También espero que muchos la lean, aunque sea entre líneas, este es el regreso de quien creyeron muerta. Quienes recuerdan a "kabebaru" de Fanfiction.net podrán disfrutar este único regreso xD
Ya, dejo el capítulo ._.
Murderer.
Capítulo 1.
En algún lugar de España.
Caminaba entre calles adoquinadas y vacías de gente, el cielo sobre su cabeza parecía oscurecer un poco más a cada segundo, el cúmulo de nubes amenazaba con una fuerte lluvia pero a ella no le importaba. Claro que no, era sólo agua que caería y la mojaría, ni se iba a morir ni se iba a enfermar. Sonrió con ironía al recapacitar en su estúpido pensamiento y elevó la mirada hacia su destino a un par de cuadras más al frente.
Tomó aire con la nariz en una profunda inhalación y soltó un largo suspiro, no quería llegar aún, no quería tener que reunirse con nadie en aquellos momentos. Sólo quería caminar sin rumbo y estar sola, después de todo llevaba ya siglos sin alguna compañía agradable, no podía esperar mucho de los humanos de esa época. Se colocó la capucha negra sobre la cabeza y metió las manos en los bolsillos para retomar su rumbo con la mirada fija en el adoquín a sus pies.
A su alrededor no parecían atemorizarse con aquella figura encapuchada, incluso algunas miradas curiosas parecían querer observar el rostro debajo de aquella capa, pero cuando lo hacían se quedaban atónitos con lo que veían. El rostro de una hermosa mujer de cabello cobrizo, ojos color maple con expresión de disgusto y unos labios curvados en una sonrisa de satisfacción. Las mujeres que la veían desviaban la mirada, cohibidas, y seguían su rumbo; pero los hombres no podían hacer más que quedarse mirándola embobados.
Ella simplemente no los miraba, pero podía sentir los celos, la emoción, la envidia y la excitación que provocaba cuando se paseaba entre ellos; sonrió con suficiencia y elevó la mirada un poco para saber que se aproximaba cada vez más a su destino, eso le borró la sonrisa repentinamente y le causó una inmensa rabia que tuvo que contener presionando las uñas de la mano derecha contra su brazo izquierdo. No sentía dolor, sólo era un reflejo para guardar la calma y recordar que, al menos entre tantos humanos, no debía asesinar a nadie.
Su pequeño y delicado cuerpo avanzó con fluidez nuevamente hacia una angosta calle donde la luz casi no se asomaba, los edificios estaban deteriorados por el tiempo y casi todos estaban abandonados, se detuvo frente a uno en particular. Las paredes eran color ceniza y parecía que fueran a caerse al mínimo roce del viento. La puerta crujió cuando ella la abrió. El interior no sorprendía mucho, era casi tan sucio como el exterior y la oscuridad predominaba por cada rincón, la única fuente de luz era una vieja chimenea a fuego lento.
Como si acabara de llegar a su hogar la chica se quitó la capa y la colgó sin ver en un perchero al lado de la puerta al mismo tiempo que avanzaba hacia la estancia donde la chimenea parecía querer apagarse por falta de leña. Tomó uno de los troncos al lado de ésta y lo arrojó al fuego, éste ardió en llamas de inmediato, el sonido del fuego ardiendo y quebrando cada parte de aquel tronco hizo a dos de los presentes girar los rostros hacia ella. Ella no les miró, no quería verles, mucho menos hablarles.
- Llegas realmente temprano –murmuró uno de ellos, su voz era suave con una nota ronca al final de las palabras, el acento europeo desbordaba por sus labios y era difícil de distinguir- supongo que no podías esperar a vernos.
La nota burlona al final de la oración la hizo soltar un bufido, ignorando el comentario se acomodó el cabello con elegancia y caminó a un asiento lejano y a espaldas de aquel par de chicos. Cruzó las piernas y recargó la cabeza en el respaldo del incómodo asiento de unos cuantos millones de euros. <> , pensó.
Se limitó a no decir ninguna palabra y no mirar hacia ningún lado en particular, sus ojos se centraron fascinados en las llamas de la chimenea, ver arder el fuego le causaba tanto gusto como podría haberlo causado una rebosante copa del más fino vino de la cava de aquel lugar. Quizá incluso le causaba más satisfacción, el calor y la intensidad del fuego le causaban un enfermo tipo de placer.
El ruido del asiento crujiendo la hizo salir de su trance, uno de ellos se había levantado y los pasos se dirigían hasta donde estaba. Fue entonces que cruzaron la mirada.
¿Cómo podría olvidar ese par de ojos color de la miel?
Aquella mirada tan perfecta enmarcada por las pestañas más envidiables del mundo, una piel color crema, nariz recta y un par de carnosos y rojos labios. En el lado inferior izquierdo de esa perfecta sonrisa llevaba un piercing dorado, el cual relucía un poco con la tenue luz de las flamas. La penetrante mirada del chico se enfocó en el precioso rostro de la muchacha escudriñando su gesto con curiosidad, incluso sus ojos brillaban con una anormal emoción muy al fondo de ellos.
- Hace exactamente un siglo que no te veía –las palabras le salieron suavemente, su voz era más ronca que la del otro, más grave, con encanto.
Su mano se elevó hacia el rostro de la chica y ella lo alejó con una impresionante fuerza, se alejó un par de pasos y su aspecto se volvió una perfecta imitación de un felino a la defensiva. Sus ojos se posaron fijamente sobre él y sus labios hicieron una mueca mostrando los colmillos, esperando a que él intentara hacer algún movimiento, su pecho se movía al ritmo de su respiración, inflándose y desinflándose notoriamente.
- No… me… toques… -jadeó la pelirroja, en su mente intentaba poner todo tipo de murallas para que él no pudiera traspasarlas, pero al final él siempre lograba introducirse en su mente y sembrar la huella de su estancia en algún rincón de su mente.
Él no necesitaba tocarla para quedarse por siempre en sus recuerdos. Él era el motivo de su existir, su razón de vivir y la única persona por la cual ella seguía volviendo a ese lugar cada siglo, cada década o simplemente cuando sabía que él estaría ahí. Pero a pesar de querer verle, de querer hablarle, abrazarlo, besarlo… no quería a la vez, no quería ser débil, no quería tener que batallar con su rechazo nuevamente.
Y es que en la mente de aquel chico de ojos enigmáticos y trenzas negras se desarrollaban todo tipo de procesos complejos, tan increíbles y confusos para la simple comprensión de una chica que se había quedado estancada en los diecisiete años de edad por al menos tres siglos. Lo que él pensaba era un misterio, su comportamiento dulce a ratos, su rechazo en algunos otros… todo seguía siendo muy confuso y así lo seguiría siendo por siglos, hasta el final de los tiempos.
- Ese no es modo de saludar a los amigos –murmuró el chico de trenzas.
- Tampoco lo es acosándoles con esas miradas que tan bien te salen –acusó la joven, su voz era tan dulce como las notas de las teclas regulares de un piano.
- Pero te gusta que te mire así –comentó como si fueran palabras al aire, como quien comenta el clima o el color de su ropa- por cierto, linda imagen, se te da bien mezclarte entre los comunes.
Los ojos maple de la chica rodaron con un aire altivo y ésta soltó un bufido, se cruzó de brazos con impaciencia y luego caminó hasta uno de los cuartos del lugar, él no la siguió. Nunca lo hacía.
Mientras, en la estancia, el primer muchacho se levantó de su asiento y se irguió cuan largo era, casi dos metros. Era delgado, pálido, sus brazos musculosos y un torso muy bien marcado; el rostro era simplemente indescriptible, sus rasgos parecían pintados a mano sobre una perfecta figura de porcelana, de aire femenino pero con una extraña masculinidad y encanto que las mujeres caían a sus pies. Y a él y a su hermano eso les encantaba.
- Aquí la tienes Tom –soltó una risa burlona- incluso contra su voluntad ha vuelto. ¿Qué planeas hacer?
El de trenzas miró a su gemelo y esbozó una diabólica sonrisa, tomó aire y lo soltó en un fuerte suspiro disimulado con una risa de burla bastante tétrica.
- ¿Te gustan los juegos? Vamos a jugar…
Continuará.
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